31 agosto 2017

Un viento – Tomasi

Un viento

Por Diego Tomasi

Miro a un costado. Veo a mi mamá parada, moviendo los brazos, tarareando. Suena El viento que todo empuja, el penúltimo tema del quinto concierto de La Renga en Huracán. Sigo cantando, pero ahora con algunas lágrimas.

Es la segunda vez que voy en este ciclo de shows en Buenos Aires. La primera fue hace más de dos semanas. Fuimos al campo, con mi hermano, a cantar y saltar. Esa misma noche decidimos que teníamos que llevar a nuestros padres. Que no podían perderse la fiesta hermosa que acabábamos de vivir.

Entonces vamos. Mi hermano, una de mis hermanas, mis viejos. Ella tiene casi sesenta y cinco años. Él, casi setenta. Nunca estuvieron en un concierto de estas características, de estas dimensiones. Desde el subte se nota que se van a encontrar con algo que no conocen más que por el relato de sus hijos: la devoción, el amor, le fidelidad del público. Caminamos varias cuadras entre el olor a hamburguesa y los controles para el ingreso. Entramos al estadio y nos sentamos en la platea. Vemos, desde arriba, cómo el campo se va convirtiendo en una masa con vida propia.

Durante el show miro a mis viejos a cada rato. Se los ve contentos, movilizados. Cada tanto mi papá comenta algo sobre la potencia de la banda. Mis hermanos y yo cantamos todas las canciones. Ellos no, pero se los ve más involucrados cuando la banda toca alguna que sí conocen.

Termina el show y faltan los bises. Hablamos un poco. Hacemos apuestas sobre cuáles son las cuatro canciones que faltan. Mi papá y mi mamá dicen que fue un espectáculo increíble.

Después llegan los dos primeros bises.

Y entonces La Renga toca El viento que todo empuja.

En el estribillo, ese puñado de segundos en los que la piel se retuerce y a uno se le cierra la garganta, en ese estribillo, mis hermanos y yo nos abrazamos y saltamos y cantamos juntos. Y ahí es que, entonces, veo a mis viejos de pie, como si siempre hubieran sido parte del ritual al que vienen por primera vez. Abajo, en el campo del estadio, el pogo es una comunión indestructible. Cuando la canción se termina, Tete, el bajista de la banda, dice: Para que aparezca Santiago.

Y lloramos todos.

Vengo pensando en Santiago desde el concierto anterior. No solo porque el grupo pidió por su aparición. Vengo pensando en él porque creo que la canción con la que La Renga cierra sus presentaciones, Hablando de la libertad, es para cantar y cantarle. Y ahora, ahora que su nombre se escucha, Santiago vuelve. Entonces recupero la canción que acabo de cantar a los gritos, la canción en la que mi mamá agitó el brazo llena de emoción:

Hoy me detuve en tu mirada, que raja el velo del dolor,

y supe que hay algo más que percibir

en este mundo que todo lo muele y lo desgarra.

Perdido por perdido, ya ves, da lo mismo vivo o muerto,

pero tu alma es otra cosa, tu alma es la que te mueve,

tu alma es mi razón, tu alma es la fuerza.

El águila muerte siempre vuelve y afina su aguda vista.

Hoy cualquiera puede morir sin saber como fue vivir.

Yo solo espero, sin dormirme en mis sueños,

estar tan lejos, lejos de esta ignorancia.

Solo eso, solo eso,

despierta en mí el viento que todo empuja.

Después llega Hablando de la libertad y nos vamos conmovidos. Acabamos de compartir, los cinco, un momento único.

Mis viejos se quedan a dormir en mi casa. Al otro día, cuando se van, los acompaño a la parada del colectivo. Antes de subirse, mi papá me abraza y me dice: No me olvido más de esto.

Yo tampoco.

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