14 Febrero 2017

Siempre amor

 

Siempre amor: romances literarios argentinos del siglo XXI

En primera persona, 10 autores contemporáneos hablan sobre el papel del corazón en la ficción, fuente de dolor, de intriga y de nuevos vínculos interpersonales

No hay literatura sin amor. Y, como sugieren autores tan disímiles como Martha Nussbaum, Roland Barthes o Daniel Link, tampoco hay amor sin celos, sin la ansiedad de la espera, sin llantos, sin ternura ni ética. El amor en la literatura argentina fue abordado por un amplio conjunto de narradores que, desde Macedonio Fernández hasta el Roberto Arlt de El amor brujo, pasando por Martha Mercader, Ana María Shua, Daniel Guebel (en Nina) o Beatriz Vignoli en Nadie sabe adónde va la noche, encontraron la singularidad que cada historia de amor posee.

Los tiempos y las formas del romance cambian. Amores conyugales, aventuras clandestinas, dramas incestuosos; fugas de adolescentes, pasiones lesbianas y arrebatos proletarios arden en las páginas escritas tras el cambio de siglo. Ofrecemos un panorama en primera persona de 10 escritores contemporáneos en cuyas ficciones el amor es, también, motivo de interrogación e intriga.

 

Cristina Civale

Buenos Aires, 1960

Escritora, periodista y editora

“En mi última novela, Una historia familiar (Milena Caserola), la protagonista recurre en situaciones donde termina preguntándose por qué no pueden amarla. En la historia late la idea de que el dolor proviene de no ser amada, pero el dolor surge cada vez que ella puede decir «te amo». Es una idea que atraviesa algunas de mis otras ficciones. La enunciación del «te amo» dicho por mis protagonistas es lo que las coloca en una zona de malestar.”

 

Ignacio Molina

Bahía Blanca, 1976

Entre otros, publicó Los modos de ganarse la vida y Los estantes vacíos

Los puentes magnéticos (Entropía) es una novela que cuenta varias historias de amor. Lo que subyace en esas historias, y en las que se desarrollan paralelamente, es la ausencia del papá de Camila, desaparecido años atrás en la selva amazónica. Creo que la novela termina en el momento en que Camila, tras forzar situaciones, empieza a dejar atrás los duelos para entonces poder vivir otras clases de historias de amor.”

 

Mariana Travacio

Rosario, 1967

Vivió en San Pablo; reside en Buenos Aires. En 2015 publicó Cotidiano

“En medio de la desolación, los personajes de Como si existiese el perdón (Metalúcida) se profesan alguna clase de amor: quizás, bajo la forma de la ternura, incluso precaria, nunca dicha, pero puesta en acto: esos afectos que, en medio de situaciones extremas e inermes, ahí donde no hay casi nada, se terminan por adivinar en pequeños gestos.”

 

Gabriela Cabezón Cámara

Buenos Aires, 1968

Es periodista y autora de La Virgen Cabeza y Le viste la cara a Dios

“En Romance de la negra rubia (Eterna Cadencia), una mujer se incinera de «sacada» por merca, whisky y por desalojo. Sobrevive y deviene performer, pieza central de un envío argentino a la Bienal de Venecia. Otra, rica, compra la obra. Se quedan juntas porque se enamoran, tienen relaciones sexuales, hacen otra obra de arte para terminar la primera, se divierten. Me interesó pensar en un amor trans, que no se acaba nunca porque cada vez que te mirás al espejo y ves tu cara… ves la de tu amor.”

 

Paula Pérez Alonso

Buenos Aires, 1958

Escritora y editora

“El amor es un innombrable, en cuanto se lo nombra desaparece o se convierte en otra cosa. En mis novelas la mirada es oblicua. Parto de que la vida es trágica, no romántica. En No sé si casarme o comprarme un perro (Tusquets), tres de los cinco personajes son personas desesperadas; la narradora ha decidido vivir en el tono provocador y desprejuiciado del título, pero pronto se da cuenta de que el pasado lleno de ideales, dolor, muerte y pérdida reaparece. Cuando uno escribe, descubre cosas que no sabía antes y quiere hacer algo distinto, no previsible, escribir, no reproducir.”

 

Diego Erlan

San Miguel de Tucumán, 1979

Narrador, editor y periodista

“Hace varias semanas que Tony, el canillita al que le compro el diario, me recomienda algún libro diciendo: «Para vos, que escribís sobre el amor». Suelo reírme. Así pasamos de algún cuento de Fontanarrosa al psicoanálisis de Gérard Pommier. Ambos toman, desde su lugar, el amor como problema o, más bien, como enigma. Me interesa ese enigma. En La disolución (Tusquets), Simón intenta reconstruir, con los restos, una relación que terminó. En El amor nos destrozará (Tusquets). Agustín intenta recuperar la voz de su hermana muerta mientras se encuentra sumergido en la ruina de su familia: una sociedad involuntaria donde conviven el amor y el espanto. Sabemos que toda historia de amor contiene el desenlace inevitable del título. Los finales felices no tienen gracia ni historia.”

 

Juan Terranova

Buenos Aires, 1975

Sus libros recientes son El amor cruel y otros cuentos (El Cuervo Blanco) y El monólogo argentino

“No hay nada más allá de las historias de amor y de guerra. La guerra a veces se convierte en política o en genocidio; el amor, en odio, en masoquismo, en envidia, en intransigencia. También es posible formar parejas de híbridos, la política del odio, la guerra del amor. Las variaciones y las combinaciones están en la esencia misma del arte. Mucho antes de la modernidad, el Clasicismo ya lo sabía y exploraba esas posibilidades. Luego el Romanticismo pasó el objeto por la mirada del artista, y la subjetividad y la pasión dominaron todo, pero las variaciones siguieron impregnadas de la demanda caprichosa de originalidad. Si pienso en Walsh, en Piglia, en Saer, en Sarlo, en Ludmer, en Libertella, en Aira, no veo mucha preocupación por el amor y sí bastante por la guerra, la política, sus recomposiciones e intercambios con la tradición y la lengua. Manuel Puig, Jorge Asís, Alberto Laiseca, María Moreno y Fogwill sí se ocuparon del amor y por eso son escritores más deformes, más subjetivos, laterales y feroces.”

 

Iosi Havilio

Buenos Aires, 1974

Autor de las novelas Open Door y Pequeña flor, este fragmento pertenece a la nueva novela inédita

“¿Qué no hice por perseguir un amor? Fui capaz de subirme a un zeppelin que iba al muere, de tirarme al vacío y de cavarme el pozo más profundo del mundo… y ahora soy esto que ves, una estantería estrepitosa que no se anima a casi nada. Hasta que apareciste vos… El amor es el órgano fantasma… el órgano supremo, tenemos el cerebro, la lengua, los oídos, los ojos, los pulmones, el corazón, el timo, el estómago, el hígado, los riñones, el páncreas, el bazo, el pene, el clítoris, los testículos, el útero, la próstata, la vejiga, los huesos, los músculos y la piel… veintiún órganos, el número 22 es el amor…”

 

Martín Sancia

Buenos Aires, 1973

Colaboró con cuentos y textos breves en la revista Beatrizos. Hotaru obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Novela Negra BAN!-Extremo Negro 2014

“Cuando escribí Hotaru (Del Nuevo Extremo), tenía como referencia lejana la novela bizantina, género que se desarrolló en España entre los siglos XVI y XVII. Pero también tenía una imagen que me guiaba y a la que quería llegar: a fines de la década de 1970, en la Argentina, una chica se despierta en una habitación oscura y sórdida, tirada sobre un colchoneta, y mira a su alrededor y ve, entre las sombras, a una geisha que se acerca con intenciones de darle de comer. Creo que fue esa imagen la que llevó la novela hacia el género negro. Aunque, posiblemente, sea más una novela de amor.”

 

Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno

Mendoza, 1966 y Buenos Aires, 1948

Narradores

Amor invertido (Seix Barral) es una novela escrita a cuatro manos por una pareja de escritores: García Lao y Saccomanno. “No inventamos un género, sino que lo recordamos -declara García Lao-. Hablo de esa literatura que uno leyó y de la que se valió para ser escritor. El amor se narra desde el cuerpo y desde el permiso y la impudicia para decir las cosas cuando es necesario. El lenguaje recrea fantasías y terrores ocultos detrás de cada palabra.” Amor invertido fue presentada como una novela erótica, un experimento literario-amoroso y un pequeño manual de perversiones.

Fuente: Daniel Gigena para LA NACION

 

 

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