12 Mayo 2017

Se viene el día – Tomasi

Se viene el día

Por Diego Tomasi

Terminó el acto y todavía me duelen los ojos. No de llorar, sino de aguantarme. Porque no quiero que miles de personas me vean llorando. Empiezo a caminar para irme. Es difícil salir. Los que no llegaron a la plaza son cientos de miles, y quieren entrar. En algún momento quieren entrar. Hay que tener paciencia y caminar lento y seguir. Me cruzo con algún amigo, algún compañero de trabajo. Nos abrazamos, cómplices. No necesitamos decirnos nada. Sigo caminando, solo, igual que cuando entré. Fui solo porque con mi familia y mis amigos no tuvimos que encontrarnos para saber que íbamos a estar juntos. Nos escribimos mensajes, un rato antes, preguntándonos dónde andaba cada uno. Con saber que íbamos a compartir las mismas calles, los mismos puños apretados, alcanzaba. Sostengo con fuerza el pañuelo blanco que llevo atado al cuello. No quiero que se me vuele, o que se pierda. Me lo dieron cuando el acto estaba por empezar. Me tocó el último que repartían en la esquina antes de la plaza, y esa suerte me pareció un regalo inesperado. Estuve a punto de llorar, en ese momento, pero me contuve y seguí. Ahora camino. Lento, muy lento, porque no hay apuro y porque hay un montón de gente yendo en muchas direcciones. Pienso, mientras se escuchan canciones en los parlantes, en algo que me dijo un amigo hace unos meses. Él había ido a la presentación de un libro y después había contado que en esa charla se había tocado este tema: la literatura argentina de nuestra época debería ocuparse de contar cómo es que los genocidas vuelven a sus casas con el privilegio de la prisión domiciliaria. Lo que no se había dicho en la charla, ni había imaginado mi amigo, era que la literatura argentina iba a tener que ocuparse de contar una historia peor: la posibilidad de que los genocidas quedaran en libertad y compraran el pan en el mismo lugar que el resto de nosotros. Que uno pudiera cruzarse con ellos esperando que cambie el color del semáforo, o haciendo fila para vacunar al perro. Pienso en eso mientras sigo caminando, mientras me pregunto por qué hubo que volver a ir a la plaza para pedir cosas que pensábamos que ya no había que pedir. Recuerdo esa canción que dice que andarán contra mugre y perdón / aunque duren los cuervos / llueva este asco / y pesen los pies. Quiero cantarla en mi cabeza pero la música que suena afuera se me mete y se mezcla todo. No está mal. Camino. Hace un rato, un puñado de mujeres, algunas mujeres que admiro con el corazón y con el pensamiento, viejas hermosas que están ahí con una entereza difícil de dimensionar, dijeron que no éramos nosotros los que las abrazábamos, sino que ellas son las que nos abrazan a nosotros. A nosotros que somos cientos de miles y que caminamos por ellas, por sus hijos y nietos, pero también por nosotros mismos, por gente que no conocemos ni vamos a conocer, por un amor que no sabemos narrar con palabras. Ahora sigo caminando y se escucha otra canción, esa de las banderas en tu corazón, esa de yo quiero verlas, esa de ondeando, luzca el sol o no, esa de cuando la noche es más oscura se viene el día en tu corazón. Pienso en banderas, en luces y oscuridades y corazones. Quiero llorar y no puedo. Camino, entonces, pero cada tanto me freno y vuelvo a mirar a la plaza, y veo que hay personas que no se quieren ir, porque les parece que es necesario seguir cantando y estando. Vuelvo a girar y trato de avanzar un poco hacia la salida. Sigue viniendo gente hacia dentro de la plaza. De repente, una familia. Cuatro o cinco personas que caminan de la mano, en fila, cantando o riendo. El penúltimo es un nene. No tiene más de diez años. Trae un pañuelo blanco en la cabeza, y tiene una sonrisa enorme, y se le ve el residuo de algunas lágrimas. Me pregunto por qué ese chico está tan contento, tan conmovido, tan lleno de vida. Pero decido dejar de preguntarme cosas, y simplemente me dejo llevar. Avanzo y me quedo con esa imagen de una persona joven, jovencísima, y trato de retener unos segundos más el recuerdo de su cara emocionada. Entonces no me contengo más y lloro, lloro mucho, lloro como si no hubiera llorado nunca.

 

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