19 abril 2016

Palabras invisibles – Tomasi

Las palabras invisibles

Por Diego Tomasi
Una lectura de la obra infinita de Aurora Bernárdez

1.
Conocí a Aurora mucho antes de verla en persona.
En una librería de saldos de la calle Corrientes vendían Las ciudades invisibles, del escritor italiano Ítalo Calvino. El ejemplar se fue conmigo y dos días después había llegado la fascinación. Se leía en dos ratos. Las palabras corrían con asombrosa lentitud. Calvino había escrito un libro que era una explosión de poesía, de inteligencia, de imaginación. Era un libro para cambiarle la vida a cualquiera que se acercara.
A mí me la cambió.
En la primera página, con un poco de timidez, decía que la traductora se llamaba Aurora Bernárdez.

2.
Traducir es siempre una experiencia de la invisibilidad. El buen traductor resalta los valores del autor y resigna su lugar a un mínimo espacio, al costado de las palabras. Aurora Bernárdez explicaba que para ser un buen traductor era necesario escribir muy bien en la lengua de destino, porque de otro modo se corría el riesgo de arruinar todo.
No era de lo único que hablaba. Contaba chistes (muchos y muy divertidos) y se reía hasta que los ojos le desaparecían de la cara. O decía que estaba trabajando en un librito de poemas de una de sus hermanas (usaba diminutivos todas las veces que podía. En ella, esas palabras deformadas sonaban dulces, sofisticadas y graciosas).
Había traducido cientos de libros en sus nueve décadas de vida. Muchos de ellos, clásicos de la literatura del siglo XX, se reeditaban todo el tiempo, todos los años. Cada vez que sonaba el teléfono y alguien le pedía renovar la autorización para publicar sus traducciones, ella pedía que antes le mandaran el texto por última vez. “Siempre hay una palabrita que corregir”, decía.

3.
El apellido Bernárdez es de origen gallego. Galicia, esa tierra mágica en la que hasta el más escéptico cree en la existencia de duendes o seres imposibles, regaló a Argentina decenas de artistas y pensadores. Luis Seoane, Arturo Cuadrado, Francisco Luis Bernárdez (hermano de Aurora) son solo algunos que conviene recordar. Todos ellos fueron amigos de Julio Cortázar, un niño de casi dos metros que jugaba con las palabras como si fueran pelotas de un deporte sencillo.
Cortázar conoció a Aurora Bernárdez en el viejo Café Richmond. Simpatizaron enseguida. Se quisieron treinta y cinco años. Se casaron y se separaron. Y él se murió en brazos de ella y ahora comparten un lugar blanco y brillante junto a Carol, la última esposa que tuvo el escritor argentino.
Cuando todavía estaban muy (muy) vivos, Cortázar y su primera mujer trabajaban juntos. Los dos traducían, los dos desparramaban diccionarios enormes en mesas pequeñas, los dos vivían para viajar y comer papas fritas. En una carta a un amigo, Cortázar escribió que un cuento de Edgar Allan Poe lo estaba volviendo loco, porque la traducción no salía, no avanzaba. En la otra mesa, decía la carta, estaba Aurora traduciendo Eureka. Ese ensayo de Poe, del que también debía ocuparse Cortázar (y cuya traducción definitiva puede encontrarse en cualquier librería firmada por él) estaba siendo llevado al español por su esposa. Cuando Aurora Bernárdez murió, sus noventa y cuatro años se llevaron a otra parte el secreto de cuánto había aportado ella en realidad en esa traducción.

4.
Es que Aurora Bernárdez decidió no ser vista. Era tan valioso lo que ella hacía, tan bueno, que lo mejor era el silencio, la sombra. Alguna vez alguien se preguntó si Aurora no tendría escondidos, en algún cajón al lado de su cama, cientos de papeles de los que ella era la autora.
No tendremos respuesta a esa pregunta.

5.
Este año, Santiago de Compostela es la ciudad invitada a la Feria del Libro. Galicia llega a Buenos Aires una vez más, pero en esta ocasión no en barcos llenos de personas dispuestas a crecer bajo un cielo distinto. Lo que llegan son libros, autores, sellos editoriales, que traen la misión de que los puentes entre su tierra y esta ciudad del puerto sean más fuertes, más duraderos.
Buenos Aires se va a llenar de recuerdos y menciones sobre la enorme influencia que la cultura gallega tuvo en la conformación de la siempre difusa identidad porteña. Y en ese revoltijo de memorias alguien, tal vez, tendrá pensamientos para Aurora Bernárdez, que tenía sangre gallega y argentina y que, como buena traductora, no podía hacer otra cosa que no fuera tender puentes. Era una persona para cambiarle la vida a cualquiera que se le acercara.

6.
Cuando conocí a Aurora Bernárdez, ella caminaba por la vereda. Llevaba dos bolsas de compras. En una, había un frasco de mermelada. En la otra, una medialuna. Cinco horas después, con lágrimas en los ojos, hablé por teléfono para contarle a alguien que había pasado toda la tarde conversando con ella en su casa.
Ahora, que pasaron cinco años desde ese día, la risa gallega de Aurora Bernárdez todavía resuena. Una risa ruidosa pero un poco tímida, un poco invisible.

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