23 abril 2017

Luisa Valenzuela

 

“La función social de la buena literatura es entrar en contacto real con el otro”

La escritora, que dará este año el discurso inaugural de la Feria del Libro, dice intentar “una literatura libre de imposiciones”, que es su manera de vivir: “Entiendo las cosas recién cuando las escribo”, señala.

La casa de Luisa Valenzuela parece hallarse, más que en Belgrano, en un poblado de la ciudad de México. Tapices, un centenar de máscaras, artesanías indígenas, libros y, en el jardín, tres loros enormes que podrían formar parte de una fantasía de Frida Kalho. En México también vivió Valenzuela, escritora nómade, que pasó años de su vida en Nueva York, Barcelona y París. Su obra, que incluye diez novelas, libros de cuentos y de ensayos, fue traducida a varios idiomas. Incluye clásicos como Hay que sonreír, que este año cumplió cincuenta años; Novela negra con argentinosAquí pasan cosas rarasCuidado con el tigre y Simetrías, además de hermosos libros en colaboración, como ABC de las microfábulas, ilustrado por Lorenzo Amengual en 2011. En cada una de esas fábulas, una letra del abecedario rige el texto.

Valenzuela es hija del médico Pablo Valenzuela Meabe y de la escritora Luisa Mercedes Levinson. En la casa familiar conoció a Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea y Ernesto Sabato, entre otros escritores de una época ida de la cultura nacional. Fue amiga de Carlos Fuentes, de Susan Sontag, de Julio Cortázar, de Jerome Bruner. Debido a su personalidad magnética, la lista de amigos no para de crecer: Siri Hustvedt, Leopoldo Brizuela y Silvia Hopenhayn son algunos de los interlocutores. Este año su nombre cobró nuevo relieve cuando fue elegida para dar el discurso de inauguración de la 43° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que abrirá las puertas el 27 de abril. “Fue un shock de entrada”. Pero ahora ya pensé cómo encararlo. Es una gran responsabilidad, porque de alguna forma represento la rica tradición de las escritoras argentinas. Hablaré sobre el poder de la palabra, la importancia de la lectura y la educación. ¡Son tantos los temas que quisiera abordar!”

¿Te considerás feminista?

Me considero feminista pero fuera de la literatura. No quiero tener ningún “ismo” que entre a jugar en mi escritura, la quiero libre de imposiciones. Tengo un sentimiento feminista, sin duda, pero me sale por otro camino, porque no pretendo hacer una literatura feminista ni mucho menos; ningún “ismo”, ni siquiera surrealista.

La política suele aparecer satirizada en tu literatura.

Es algo que me toca, desde la realidad me llega así. Crecí con escritores a los que los temas políticos en literatura no les interesaban, como Borges, pero por otro lado estaba Sábato que discutía de esas cuestiones. Un buen día se me ocurrió escribir una historia de una célula de seudo-izquierda, de esas que iban jugando a las izquierdas en una época en la que yo, no te digo militar porque nunca milité, tenía esas amistades. Nunca iba a publicar ese libro porque pensé que no se iba a entender nada. Lo escribí en 1966 y se llama Cuidado con el tigre, pero en ese entonces lo escondí porque pensaba que no podía contar eso. A Alberto Díaz le interesó y recién se publicó en 2011 en Seix Barral.

La novela cuenta el funcionamiento endogámico de los grupos de izquierda en esa época.

Totalmente endogámico; se cruzaban las actividades políticas con las sentimentales, las idealizaciones con las críticas solapadas entre militantes.

El Mañana, tu novela de 2010, se podría leer como el reverso de Cuidado con el tigre. ¿Qué mirada tenés ahora sobre los años de la guerrilla en el país?

Ahora está volviendo un poco a la actualidad esa novela, eso es lo peligroso de ese libro. En ese momento era interesante estar metida en esas actividades, sentirte protagonista, sentir que te pasaba la historia por encima. Pero mientras escribía Cuidado con el tigre estaba en la Argentina. Después me fui y me interesé en otras cosas. Cuando volví era 1974, 1975, en pleno terrorismo de Estado, plena Triple A. Llegué a un país que no era el mío. No entendía nada y volví a ese horror. Entonces pensé en escribir un libro de cuentos en un mes, para integrar esa sensación que tengo todavía. Siento que entiendo las cosas recién cuando las escribo, no cuando las reflexiono, las hablo, las pienso y elaboro teorías. Eso no me sirve de nada. Y me senté a escribir Aquí pasan cosas raras, y lo hice en un mes. Así empecé a entender cómo quería contar el tema político, desde un lugar que no sea el de la teoría ni el de la convicción, sino de la apertura a ver qué es lo que está pasando.

¿Con qué recursos?

Con todos los recursos que uso en ese libro de cuentos: el absurdo, la sátira, el grotesco, la sorna, el sentido del humor. Ahí tomé conciencia de cómo entrar en esas constantes de mi obra en ese tema peliagudo.

¿Tuviste problemas con la publicación de ese libro o con algún otro en los años de la dictadura?

No, porque tuve mucha suerte. Ese libro salió en 1976 y fue presentado como el primer libro de la era de López Rega, mientras las cosas seguían igual o peor. Más ocultas. No habían mejorado para nada. Luego salió Como en la guerra. Con Alberto Girri y Enrique Pezzoni censuramos livianamente ese libro. Hubo que cuidarse porque salió en plena dictadura y entonces había ciertas cosas que más valía no decir. Los gendarmes pasaron a ser los guardianes, por ejemplo.

¿Después de publicar ese libro te fuiste al exterior?

Me fui en 1979. Así que acá viví lo peor. No estuve activa dentro de ninguna célula ni partido ni afiliación, pero sí ayudaba a mis amigos que estaban perseguidos. Entré en ese juego de semiclandestinidad. Logré que entrara una pareja en la embajada de México, ayudé para que Stella Calloni ingresara en el país sin que se enteraran. Recuerdo todos esos mensajes secretos que nos mandábamos en esos años, las citas falsificadas. Te citabas con un código: si decían confitería tal, significaba tal otra; si decías a tal hora, la cita era una hora y media después. No podías esperar a alguien demasiado tiempo porque si no llegaba era que lo habían secuestrado. Era desesperante.

Trabajaste en LA NACION durante varios años.

En LA NACION y también en Crisis, a escondidas y antes de la dictadura. En Crisis no firmaba. Estaba más bien entre bambalinas, armando el archivo; iba como voluntaria y me pagaban poco. Hacía cosas locas, típicas mías. A veces llamaban y decían que iban a poner una bomba y yo respondía: “Un momentito, que le paso al director”. Una vez, cuando cerraron La Opinión y nosotros hicimos una carta muy medida para quejarnos de la falta de libertad de prensa, porque a ese ritmo iban a cerrar Crisis en algún momento, me mandaron a que la firmaran ciertos diputados en el Congreso. Empecé a subir y bajar las escalinatas, buscando las distintas oficinas y me metí con los peronistas, con gente que no iba a firmar para nada y logré que firmara. Pero de inconsciente, de no saber quién era quién. En LA NACION hacía notas en la revista. Fui una de las que insistió en que la crearan. Después renuncié porque no me quisieron nombrar vicedirectora, aunque seguí colaborando mucho tiempo.

¿Tu escritura literaria se vinculaba con la periodística?

Fue ajena. Nunca se vio contaminada, mezclada. Nunca hice críticas de libros; me gustaban las notas, los reportajes vivos, digamos. Para los diálogos el periodismo me sirvió muchísimo.

¿Leés libros en papel o en formato digital?

Leo en papel y uso los otros soportes cuando busco alguna cosa rápida, pero no, no es lo mismo. Y no es lo mismo escribir a mano que escribir en el teclado. Hay diferencias de ritmo, de respiración, y eso es muy importante en la escritura. De hecho, no escribo casi más a mano por pereza, pero a veces lo necesito. Antes era al revés, cuando escribía a mano y lo pasaba en limpio había momentos en que necesitaba pasarlo a la máquina para sentir ese ritmo. La escritura es ritmo y es respiración porque eso es lo que le da el sabor, sino es como una comida no condimentada, una anécdota pelada. Dicté un pequeño taller en México a siete escritoras muy buenas; les hice escribir a mano y descubrieron un nuevo universo. También les pedí que escribieran cuando recién despertaban, sin transición. Ahora tienen un blog que se llama “Siete brujas y una más” (sietebrujasyunamas.wordpress.com). La “una más” soy yo.

¿Creés que la literatura tiene una función social?

Sí, pero indirecta. La lectura de la buena literatura es muy importante para desarrollar la empatía, para entrar en contacto real con el otro verdadero. Porque cuando se lee literatura, los personajes están vivos y los entendés y aprendés a leer personalidades, a comprender. Creo que es ésa la función social. La otra puede ser que te dé un mensaje, allá vos si recibís o no el mensaje. Pero sobresale esa capacidad que te da en el plano de la ética. Y eso no te lo da la literatura de ensayos, ni la de autoayuda, ni la literatura barata; te lo da la gran literatura, la clásica, los grandes escritores del momento que entran en otra visión de lo que es la vida, que te abren el panorama de lo que es el otro y la diversidad.

¿De dónde vienen tus historias?

Ésa es mi pregunta. No sé de dónde vienen, por ahí provienen del asombro. Siri Hustvedt dice que las historias vienen de todo ese mundo que fuimos absorbiendo en el tiempo preverbal. No creo eso, porque el tiempo preverbal es limitado. Se absorbe lo que está sucediendo a tu alrededor, pero tu alrededor es limitado. Lo que a mí me asombra es que las historias están completas en alguna parte, que es lo que decía Julio Cortázar. Vos tirás del hilo y salen o no salen, te salen bien o te salen mal porque no están completas o no son buenas historias, pero en algún lado sí están completas. Entonces, ¿qué es este trabajo? ¿Inconsciente, preconsciente, está en el aire? Una teoría para pensarlo es la del tiempo desdoblado, ese que está transcurriendo y en el que hay instantes en que obtenés el panorama completo. Es tan fugaz que no te das cuenta, pero en algún lugar queda grabado.

La literatura es la puesta en escena de ese instante.

Por ahí la literatura es la puesta en escena de ese panorama completo, pero lo curioso es que la literatura es un panorama completo e inventado, porque no estás viendo transcurrir tu vida en otra dimensión, sino una realidad imaginaria.

En Lecciones de arte: el entusiasmo, un ensayo que escribiste por encargo, cuentas tu acercamiento a la enseñanza, a la literatura y el arte.

Me lo pidieron para regalar a los docentes de las escuelas públicas en México. Es de una colección que se llama Consejos de Mentes Brillantes. Yo pensaba de qué mente brillante están hablando. Acepté y me fui para otros lados: el arte, la curiosidad, el conocimiento, la vida embriagada por el conocimiento. Eso me mueve. Creo que por ese motivo estoy bien a mi edad, porque siempre me mueven la curiosidad y las ganas de hacer cosas. Publicaron cien mil ejemplares, ¿podés creer? Acá este año el Estado ni siquiera compró libros.

¿Te preocupa la política cultural actual?

Presido el Centro PEN de la Argentina. Ahí estamos muy alertas a las cuestiones que tienen que ver con la cuestión literaria, la censura, la persecución a los escritores, a la gente de letras. Creo que éste es un momento muy peliagudo donde tenemos que unirnos y pensar en otra cosa. Me da mucho miedo esta supremacía del dinero. No es cuestión de reflotar caminos que fallaron pero sí pensarlos desde otro lugar. Se cortaron varios presupuestos: los destinados a los libros gratuitos, las netbooks, los de educación. Por otra parte, el dinero ya es hace tiempo ajeno al Estado. Se publica lo que se vende, lo otro no. Uno de los proyectos que presentamos desde PEN es un diccionario de escritores olvidados, o no tan olvidados. Todos los que hayan publicado antes de 1950. El país está lleno de escritores y poetas muy buenos. Existe un corpus literario que no respetamos porque no conocemos. Otro proyecto es el rescate de las lenguas originarias en el territorio argentino. El año pasado supimos que había una colección de libros escritos en 19 lenguas originarias y 3 o 4 dialectos, con traducción al castellano, publicados en seis tomos, y estaban arrumbados en el Ministerio de Educación. Presentamos pelea y nos derivaron a los ministros de Educación de las provincias. Queremos que los distribuyan a las comunidades. También quiero mencionar eso en mi discurso; hay tantas cosas que quiero mencionar en ese discurso que no va a caber nada. La diversidad. Porque están matando las diversidades en el mundo.

Biografía

Luisa Valenzuela nació en Buenos Aires en 1938. Escritora y periodista, vivió en París, Nueva York, Barcelona y México. Publicó más de 30 libros, entre novelas, volúmenes de cuentos, microrrelatos y ensayos. Dictó talleres y cursos, y su obra ha sido objeto de encuentros académicos. Preside el PEN de la Argentina.

Fuente: Daniel Gigena para LA NACION

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