03 marzo 2017

Letras de pueblo

 

Letras de pueblo: escenarios reales e imaginarios en el interior de la literatura argentina

De Roberto J. Payró a Antonio Di Benedetto y Selva Almada, la representación de los pueblos tuvos varios proyectos; lejos del pasado, autores jóvenes redescubren esos paisajes

Es una de las palabras más hermosas del idioma español: “pueblo” designa una población y también el espacio donde esa comunidad vive. En la Argentina, el término está determinado por sentidos políticos, sociales y afectivos. La representación literaria de los pueblos, desde Roberto J. Payró hasta Selva Almada, tuvo varios proyectos: los realismos, el naturalismo, diferentes acentos poéticos. “Vuelvo a mirar confines de abandonada gracia/ pueblos fieles al gesto de antiguas gentes muertas”, escribió Carlos Mastronardi en Luz de provincia.

Según datos del último censo realizado por el Indec, en el país existen cerca de cinco mil pueblos, sin contar comunas ni pueblos rurales. ¿Cuántas historias los tienen como escenarios de tramas literarias? Pueblos imaginarios como los creados por Osvaldo Soriano para alegorizar hechos históricos; pueblos reales transformados por Mateo Booz o Héctor Tizón; pueblos de desintegración o de renacimiento, como los que, en los últimos años, describieron Carina Radilov, Francisco Bitar y Federico Falco. Todos ellos “pueblan” la literatura nacional.

“Hay una tradición que entrelaza la literatura con los pueblos -dice Hernán Ronsino, escritor y sociólogo-. La que más me interesa es la que transforma el espacio en un laboratorio de exploración literaria.” El autor de Lumbre (Eterna Cadencia) da un ejemplo: la irrupción en los años 50 de la escritura de Di Benedetto. “Una literatura que trabaja marcada por una geografía. No me interesa el pueblo ni el interior, sino más bien lo que la literatura hace con esos espacios”, señala. La manera en que se transforma el pueblo donde transcurren las tres novelas de Ronsino sigue esa idea. “No es Chivilcoy; es otro pueblo, un espacio literario.”

“Siempre he trabajado sobre la misma obsesión, mis ancestros escapando, mis abuelos al llegar a la Argentina desde Europa en los barcos -dice Perla Suez, autora de la Trilogía de Entre Ríos (Edhasa), ambientada en pueblos del Litoral fundados por inmigrantes judíos-. Al meterme en la cultura araucana me di cuenta de que ésta no me era ajena. En mis orígenes están el desierto y las tribus dispersándose, buscando un lugar donde habitar desde hace miles de años.” Un ensayo de Fermín Rodríguez, Un desierto para la Nación, fue clave para Suez. “Acá había un pueblo con un concepto de tierra y naturaleza diferente de «los civilizados» -dice-. Cuando empecé a escribir El país del diablo tenía claro que no quería escribir una novela realista y que la historia tenía que ser un recurso para contextualizar. La ficción me ayudó a desenterrar otra historia.”

Para Mariano Quirós, narrador y editor del sello Mulita, lo que ofrecen los pueblos del interior es una forma distinta (“quizá más candorosa y más contundente”) de la alienación. “Lo que narramos es la manera en que nuestros personajes se enfrentan o sucumben a eso -arriesga-. Con un tono y un ritmo que son parte de nuestra posibilidad o limitación de localizarnos en el mundo. Pero al final lo único que importa, con más o menos limitaciones a cuestas, es contar una buena historia.” Es lo que él hace en los relatos de La luz mala dentro de mí (Factotum), que premió el Fondo Nacional de las Artes. Otro autor chaqueño, Marcos Apolo Benítez, dice que, más allá del costumbrismo, “un pueblo es una retórica apocalíptica”. El autor de Chaco, odio en El Impenetrable (Santiago Arcos) tiene una hipótesis: “Pueblo, literatura, son palabras saturadas de sentido. ¿Qué es un pueblo en la tradición literaria sino todo lo opuesto al peso de lo tradicional?”.

Jorge Paolantonio, poeta y narrador nacido en Catamarca, publicó este año su nueva novela. En Los vientos de agosto (Imaginante), el relato se deja cautivar por el habla de los personajes. “Es esencial respetar el aliento y el ritmo de un lugar y de su gente -dice-. Ignorar o forzar tales signos resulta en lo que la ciudad-puerto contemplaba con sorna y reducía a «empanadas, locro y vino todos los domingos».”

Narradora y poeta cordobesa, María Teresa Andruetto vive en un pueblo de las sierras chicas. Pero su literatura ronda otros paisajes. “Desde el comienzo apareció Tama, un pueblo minero ya devastado del Noroeste”, cuenta. Allí suceden su primera novela, Tama, y la última, Los manchados (Mondadori). “El mundo del Noroeste siguió apareciendo en cuentos y en otra novela breve, Veladuras. Después llegaron los pueblos de la llanura, marcados por la inmigración, a la vez prácticos y melancólicos. Nunca tuve una pretensión de realismo fidedigno ni de cuadro de costumbres, sino el deseo de metaforizar un mundo que es muy mío”, confiesa.

Jóvenes en pueblos que agonizan

Sebastián Fonseca nació en Uruguay y desde hace varios años vive en Bariloche. Allí ganó un concurso con su libro de cuentos Pueblo perdido. “Pensar en el pueblo en términos de familia ampliada puede ser una clave de escritura para esos bordes de lo social que resultan inasibles no por insuficiencia, sino por desmesura”, dice. ¿Cómo pierde su identidad un pueblo? ¿Cómo se diluye la idea de comunidad? Esos interrogantes se abren en la lectura de su libro.

Aunque creció en la ciudad de Buenos Aires, Salvador Biedma iba los fines de semana a Castelli con su familia. “Se me ocurrió que sería interesante usar en un libro un escenario como ése y ciertos giros, costumbres que se repetían en otros pueblos o ciudades chicas”, dice el autor de Además, el tiempo (La Yunta). Para Biedma, hay historias valiosas en cualquier lugar de la provincia. “Mi novelita no está situada en un lugar que exista, sino en un pueblo que se llama Bahía Hermosa. Intenté que el pueblo fuera un personaje colectivo que enfrenta al joven protagonista.”

César Sodero publicó en 2016 Sierra Grande (Alto Pogo), volumen de relatos que lleva el nombre de una localidad de Río Negro. “Allí nací y pasé mi adolescencia -cuenta-. Tenía ganas de darle cuerpo al espíritu de los años 90, que marcaron mi vida. Bastante oscuros. El cierre de la minera hizo que más de la mitad de los doce mil habitantes se fueran del pueblo. Eso dejó una sociedad arrasada.” Su plan narrativo fue reconstruir el pueblo por medio del paisaje. “Quise que esa aridez se filtrara en los vínculos sociales y en el lenguaje, y contarlo desde las vivencias de un grupo de amigos -dice-. En un mundo en el que parecía no existir el futuro ni el presente, la amistad fue un valor fundamental para sobreponerse.”

Por fuera del marco de la literatura regional (modo casi despectivo de designar universos narrativos fuera de la ciudad de Buenos Aires), la relevancia de muchas obras de Tizón, Moyano o Saer, a las que se suman las de varios autores contemporáneos, permite redescubrir los modos que asumen los pueblos en la literatura nacional.

Una región muy amplia

La Facultad de Periodismo y Comunicación de La Plata convoca a un concurso de cuentos para escritores argentinos y latinoamericanos. Se lo bautizó como a un escritor célebre de los pueblos de la pampa bonaerense. “Miguel Briante. Pueblos, imaginario e identidad nacional”. Se pueden consultar las bases en http://perio.unlp.edu.ar/litin.

Fuente: LA NACION

 

 

 

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