23 Agosto 2016

Las voces leídas – Tomasi

Las voces leídas

Por Diego Tomasi
Lecturas de científicos

1.

Los científicos leen mucho. Leen libros, investigaciones, papers.
Pero a muchos hombres de ciencia nos les alcanzó con sus lecturas estrictamente científicas. Si, acompañando la canción infantil, se afirma que leer es un placer que nos suele suceder, a los grandes científicos de la historia, los más recordados, les sucedía con mucha frecuencia. Algunos de ellos pasaron sus infancias como lectores ávidos. Otros, ya como adultos, prefirieron sumergirse en la literatura para olvidar cierto tedio del trabajo de investigación. No faltaron los que admiraron a los escritores más que a sus propios colegas. Y quienes tenían curiosos hábitos de lectura.

2.

En un viaje a España en marzo de 1923, Albert Einstein dio una serie de conferencias en Cataluña, Aragón y Madrid. En el tren que lo llevaba de Barcelona a la capital española fue abordado por el periodista Andrés Révész, que trabajaba en el diario ABC. A pesar de que no tenía pensado dar entrevistas, Einstein accedió a responder algunas preguntas sobre sus hábitos en la vida cotidiana. Admitió que, dado que le molestaba la vida social, pasaba mucho tiempo en su casa, y eso le permitía, aunque trabajaba muchas horas, disfrutar del placer de la lectura. El periodista le preguntó cuáles eran sus poetas preferidos, y Einstein respondió, sin dudar: “Shakespeare y Cervantes. Leo muy a menudo Don Quijote y también las Novelas ejemplares. Cervantes me gusta de una manera extraordinaria; tiene un humor encantador, al cual se suma uno involuntariamente”.
En ese mismo viaje en tren, después de expresar su devoción por Cervantes, Einstein agregó: “también me gusta la literatura rusa, ante todo Dostoievski, y de sus novelas pongo en primer lugar Los hermanos Karamazov”. Sobre el escritor ruso, se atribuye a Einstein la frase “ningún científico me ha dado tanto como Dostoievski. Ni siquiera Gauss”. JJohann Carl Friedrich Gauss fue un matemático, astrónomo y físico alemán. Sus aportes corresponden al campo del análisis matemático, la geometría, la estadística, el álgebra, el magnetismo y la óptica.

3.

Uno de los hombres que iluminó la ciencia con más nitidez, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, fue el magnífico Nikola Tesla, padre de la corriente alterna, y enemigo acérrimo de Thomas Alva Edison, que impulsaba la corriente continua.
Además de encerrarse a inventar cosas muy bonitas y muy útiles, Nikola Tesla era un verdadero apasionado por la lectura. De acuerdo a la biografía de Margaret Cheney, Tesla pasaba mucho tiempo leyendo, y tenía la capacidad de memorizar libros completos, porque, presuntamente, poseía una memoria fotográfica. Sin embargo, en su autobiografía, Tesla cuenta que en verdad era su padre, el pastor y escritor Milutin Tesla, el que tenía una memoria prodigiosa. Según parece, no era extraño escuchar al viejo Milutin recitar versos en varios idiomas. Y, en palabras de Nikola, su padre “a menudo afirmaba en tono jocoso que si alguno de los clásicos se perdiera él podría restituirlos”.
En ese mismo libro de memorias, Tesla recuerda su infancia diciendo que “de todas las cosas, lo que más me gustaba eran los libros. Mi padre tenía una gran biblioteca, y siempre que podía yo trataba de satisfacer mi pasión por la lectura”. Cuando Nikola fue adolescente, cuenta, “tenía permitido leer constantemente, porque podía sacar libros de la biblioteca pública de la escuela, ya que se me había asignado la tarea de ordenarlos y catalogarlos. Un día me encontré con un puñado de volúmenes de nueva literatura que no se parecía en nada a lo que había leído antes, y fue tan cautivante que me hizo olvidar por completo el estado de desesperanza en el que estaba. Eran los primeros trabajos de Mark Twain”.
Veinticinco años después, Tesla y Twain serían grandes amigos. La relación entre ellos surgió porque se admiraban mutuamente. Una famosa foto de 1894 muestra al escritor probando una lámpara incandescente en el laboratorio de Tesla.

4.

Se llamó Marie Salomea Skłodowska, aunque se la conoció mundialmente como Marie Curie. Fue la primera persona en recibir dos premios Nobel. En 1903 obtuvo el de Física, que compartió con Henri Becquerel y Pierre Curie, su esposo. En 1910 ganó el premio Nobel de Química.
Marie fue una lectora precoz. A los cuatro años ya sabía leer perfectamente, y, lo que es más sorprendente, ya prefería leer sola los libros que le gustaban, a diferencia de los niños de esa edad que en general quieren que sus padres les lean los cuentos. Además, no leía solamente en polaco, su primer idioma, sino que en los comienzos de la adolescencia ya dominaba el ruso, el alemán y el francés.
A veces, esa gran capacidad de Marie para absorber conocimientos, sobre todo en base a la lectura, la hacía parecer un poco antipática. En su libro Madame Curie: una biografía, su hija Eve cuenta que la hermana mayor de Marie, Bronia, disfrutaba mucho de jugar a hacer de maestra de su hermanita. Cierta vez, Bronia se equivocó al leer mientras simulaba estar enseñándole a la alumna Marie. La pequeña tomó el libro, enojada, y leyó a la perfección la frase en la que su hermana-maestra se había equivocado. Bronia se molestó muchísimo, y sintió que Marie estaba humillándola. La más chica de las hermanas, que al fin y al cabo tenía cuatro años nada más, se puso a llorar, y dijo: “no lo hice a propósito”. Aunque después, todavía entre lágrimas, agregó: “pero leer ese párrafo era tan fácil”.

5.

En una carta escrita el 7 de mayo de 1923, el doctor Sigmund Freud agradece a Luis López-Ballesteros y de Torres, traductor de sus obras completas al español, el trabajo que ha hecho con sus libros. Y le dice: “siendo yo un joven estudiante, el deseo de leer el inmortal Don Quijote en el original cervantino me llevó a aprender, sin maestros, la bella lengua castellana”. Sigmund aprendió español junto con su mejor amigo de la escuela secundaria, Eduard Silberstein. Pasaban juntos gran parte de las horas del día en las que no estaban en el aula, intentando desentrañar los laberintos gramaticales de un idioma tan ajeno.

6.

El biólogo inglés Charles Darwin, uno de los científicos más famosos y nombrados de la historia, escribía con una letra espantosa. Muy difícil de entender. Además, Darwin era un lector obsesivo y tenaz, que llenaba de notas los libros que leía.
En julio de 2011, el Museo de Historia Natural de Nueva York inauguró el proyecto Manuscritos de Darwin, que consistió en poner a disposición del público, de forma digital, más de trescientos libros que el naturalista leyó a lo largo de su vida. De la totalidad de esas obras, unas ocho mil trescientas páginas tenían notas al pie que Darwin hacía en lápiz. Muchas veces, después de su viaje por Sudamérica, escribía frases enteras en español.
El joven Charles leía a Shakespeare con ganas. El viejo Charles, el que escribe sus memorias, ya no tanto. Dice: “desde hace muchos años no tengo paciencia para leer una línea de poesía; poco tiempo atrás he intentado leer a Shakespeare y lo he encontrado tan intolerablemente pesado que me dio náuseas”.
De los tiempos de su infancia, Darwin recordaba con gusto la lectura de Horacio, a quien admiraba mucho, y de una enciclopedia llamada Maravillas del mundo, sobre la que escribió: “creo que este libro me inspiró el deseo de viajar por países remotos que se cumplió finalmente con el viaje del Beagle”.
Y ahí iba don Darwin, viajando, leyendo, escribiendo en lápiz unas frases que nadie entendía.

 

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