31 Marzo 2016

Las palabras efímeras – Tomasi

Las palabras efímeras

Por Diego Tomasi
Una lectura posible de la percepción que tenemos del tiempo

1.

¿Cuánto dura un segundo?

Robert Lemlich, de la Universidad de Cincinnati, le pidió a un grupo de estudiantes que calculara qué tan rápido parece pasar el tiempo en el presente en relación al momento en que tenían un cuarto o la mitad de tiempo de vida. Y los resultados fueron iguales a los previstos: respondieron que un cuarto y la mitad. Es que a medida que uno es más grande, el tiempo pasa más rápido. La sensación de paso del tiempo está directamente influida por la cantidad de tiempo que vivimos. Un año, cuando uno tiene diez, es exactamente el diez por ciento de nuestras vidas (y nuestras experiencias). Pero si uno tiene cuarenta, es apenas el dos y medio por ciento. Además, a medida que nos ponemos viejos, nuestro reloj biológico va cada vez más lento, y eso hace que los eventos externos aparezcan como más rápidos.

Para un físico, la duración de un segundo es algo sin lugar a segundas interpretaciones: es igual a 1.192.631.700 ciclos de la frecuencia asociada con la transición entre dos niveles de energía del isótopo cesio 133. Pero para la psicología es algo dudoso. Experimentos hechos en la década de 1930 por Robert Macleod y Merrill Ruff, de la Universidad de Cornell, demostraron que cuando se separa a las personas de los indicios de tiempo real (como el sol, la fatiga del cuerpo o relojes mecánicos) el sentido del tiempo se perturba.

2.

Maurice Merleau-Ponty escribió sobre el tiempo fenomenológico. Es decir, el tiempo que nace de nuestra relación con las cosas. Para él, la concepción clásica del tiempo como una sucesión temporal que tiene un observador ajeno al transcurso del tiempo debe ser superada. El hombre es temporal, y las cosas adquieren un carácter temporal por su referencia al sujeto.

Merleau-Ponty se refiere al tiempo como un estallido, como una especie de develación de todo lo que un acontecimiento encierra. Es posible este estallido del tiempo porque hay una subjetividad que se abre a él. Como se explica en el prólogo al libro Fenomenología de la percepción, “la subjetividad, la que hace posible el tiempo, de alguna manera es atemporal. Esto es: no se forma por estados de conciencia que se suceden porque sería necesaria una nueva conciencia para tener conciencia de esta sucesión, sino que es una conciencia primaria que permite abrirse al tiempo. Esta conciencia última es en el presente y desde este presente el sujeto desarrolla un tiempo propio”.

3.

En un experimento, los estudiantes de una universidad fueron testigos de un asalto ficticio que duró treinta y cuatro segundos. Más tarde, cuando se los interrogó, calcularon en promedio que la duración del delito se aproximaba a los ochenta y un segundos. Doscientos cincuenta por ciento más.

Las particularidades de la personalidad agregan más desorden a la exactitud en la percepción del tiempo. Según una investigación de los doctores Veach y Touhey, las personas extrovertidas calculan el tiempo más exactamente que las introvertidas. Según los científicos Gardner, Brake y Salaz, las personas obesas calculan el tiempo mejor que las de peso normal.

Una de las ironías más crueles es que el tiempo parece avanzar muy lento cuando nos aburrimos y muy rápido cuando la pasamos bien. Algunos estudios demostraron que las personas juzgan mucho más cortas experiencias exitosas que las experiencias de fracaso.

Cuanto mayor es la urgencia, mayor es la lentitud con la que pasa el tiempo. A un padre con el hijo enfermo o herido, el trayecto al hospital le parecerá eterno. El amante celoso cuenta obsesivamente los minutos que faltan para que vuelva su amada. Los vendedores tienen conciencia del poder de crear sensaciones de urgencia y por eso cunden las ofertas de tiempo limitado. ¿Por qué si nuestro equipo de fútbol va perdiendo parece que los minutos vuelan, y si estamos aguantando un triunfo el partido no termina nunca?

4.

También la antropología tiene cosas para decirnos sobre la percepción del tiempo. El tiempo que vivimos todos los días es relativo según la cultura y la sociedad que habitemos. Robert Levine, de la universidad del estado de California, midió cosas, en diferentes partes del mundo, como la velocidad a la que camina la gente en la calle, el tiempo que lleva comprar una estampilla en el correo, o la precisión de los relojes públicos. Con eso estableció un ranking de puntualidades en treinta países. Japón y Suiza resultaron los más veloces. Los países de América Latina quedaron últimos.

En realidad, la conclusión es que se puede vivir según la hora que indican los relojes o según la hora que indican los acontecimientos. En una, los horarios determinan las actividades. En cambio, en la otra, las actividades tienen más autonomía y –no importa cuánto duren– marcan los horarios. En Madagascar, por ejemplo, si se pregunta “¿cuánto tiempo dura X cosa?” a veces las respuestas son: “el tiempo que lleva cocinar el arroz” (media hora); “el tiempo que lleva freír una langosta” (pocos minutos).

Según Levine, “los estándares actuales de puntualidad hubieran sido incomprensibles durante siglos”. Eso.

5.

El reloj mecánico apareció en los monasterios benedictinos del siglo XII, para que las monótonas actividades tuvieran una regularidad más precisa. La historia dice que el reloj fue inventado, en el siglo X, por un monje del monasterio de Santo Pere de Rodes, Gilbert, el futuro papa Silvestre II. Pero, según parece, su reloj no era de pesas sino de agua, y estos ya eran conocidos por los romanos y árabes. En todo caso, tenemos registros claros de relojes mecánicos con pesas en el siglo XIII y, alrededor de 1370, se construye uno para la ciudad de París. Eso quiere decir que a finales del siglo XIII el reloj ya había salido de los monasterios.

El reloj se convirtió en la tecnología más usada por los hombres que se dedicaban a acumular dinero: llegaría a ser la máquina clave de la civilización industrial.

¿Qué sería de nuestras vidas sin el reloj? Casi nos ha cambiado la propia naturaleza. La naturaleza sólo tiene dos horas: el día y la noche. El reloj de sol nos deja tranquilos durante la noche y cuando está nublado. Pero el reloj mecánico, nuestro reloj de pulsera, nos tiene encadenados. Como ahora, que miro mi mano para no llegar tarde.

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