02 Febrero 2017

Las muertes ridículas – Tomasi

Las muertes ridículas

Por Diego Tomasi

1.

Nuestra hermana, la muerte.
David Markson

2.

Se murió Ricardo Piglia y mientras lloraba sin saber muy bien por qué, escribí lo primero que se me vino a la cabeza: La muerte es una mierda.

Unos días antes se había muerto John Berger.

El año pasado, en las primeras semanas, ya se había muerto David Bowie. En ese momento, me acuerdo, lo que se me apareció fue una pregunta: ¿por qué la gente como Bowie tiene que morirse?

Después se murió Leonard Cohen. También Johan Cruyff. Y Kiarostami. Y Muhammad Alí.

La muerte, pensé alguna de esas veces, es siempre ridícula, pero hay muertes que lo son más.

3.

Antoní Gaudí se murió atropellado por un tranvía. Estaba en el medio de la calle, mirando cómo iba la obra en la Sagrada Familia, esa catedral de Barcelona que parece derretirse a medida que se construye.

Stevie Ray Vaughan se murió arriba de un helicóptero, que se estrelló apenas unos segundos después de haber despegado.

Julio Cortázar se murió siendo un niño de sesenta y nueve años mientras lloraba la pérdida de su esposa un par de décadas más joven.

Freddie Mercury se enfermó y se murió.

Luca Prodan se murió de un paro cardíaco provocado por la cirrosis que había sido provocada por las cantidades inmensas de ginebra consumida que había sido para dejar de consumir heroína.

Roland Barthes murió atropellado por el camión de una lavandería.

A Ernesto Guevara lo asesinaron.

Richard Brautigan se suicidó.

Igual que Horacio Quiroga.

Y que Alfonsina Storni.

4.

Escribió Julian Barnes en El loro de Flaubert: “Se puede definir una red de dos maneras, según cuál sea el punto de vista que se adopte. Normalmente, cualquier persona diría que es un instrumento de malla que sirve para atrapar peces. Pero, sin perjudicar excesivamente la lógica, también podría invertirse la imagen y definir la red como hizo en una ocasión un jocoso lexicógrafo: dijo que era una colección de agujeros atados con un hilo. Lo mismo puede hacerse en el caso de la biografía. La red va siendo arrastrada, se llena, y luego el biógrafo la cobra, selecciona, tira parte de la pesca, almacena, corta en filetes, y vende. Pero, ¿y todo lo que no pesca? Siempre abunda más que lo otro”.

Contar una muerte es un modo de pescar con una red. En su libro Corbatta, el periodista Alejandro Wall cuenta la historia de un fantasma. Para eso, elige perseguir a un jugador de fútbol muerto hace años, y lo persigue para darle vida. Hay dos detalles, entre muchos, que dan un valor diferente a esa búsqueda.

El primero es que en el libro no hay fotos. A diferencia de muchos libros biográficos, no hay ninguna imagen por fuera de la tapa y la contratapa. En cambio, Wall sí decide narrar las fotos ausentes. A lo largo del texto, se citan muchas imágenes de la vida y el juego de Corbatta. Pero no se muestran, sino que son contadas con un nivel de detalle que es casi una declaración de principios: la memoria, siempre, puede construirse con palabras.

El segundo detalle es la búsqueda de la voz de Corbatta. Wall encuentra una grabación del futbolista hablando, y elige contarlo en el momento exacto del relato en el que esa voz va a tener más sentido. Una vez que lo hace, una vez que escribe cómo escuchó el sonido de la voz de Corbatta, la búsqueda termina. Corbatta va a seguir muerto, o va a seguir siendo un fantasma, pero ahora de una manera distinta, menos absurda, menos ridícula.

5.

Un libro sobre la muerte debería ser una especie de red de pesca como la que describió Barnes. Una red en la que fuera tan importante lo dicho como lo no dicho. Miles de agujeros atados con un hilo.

6.

Según la ciencia, llorar mucho libera una serie de químicos del cuerpo que lo dejan a uno en ese estado de agotamiento que se parece mucho a haber sido fajado a piñas.

Mientras calculo la cantidad de lágrimas que pueden llorarse por alguien que uno no conoce, pienso en lo ridícula que es la muerte, pienso en una red para pescar, en la voz de Corbatta, en David Bowie.

 

 

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