31 enero 2017

La literatura argentina y el río

 

La literatura argentina y el río: una relación que no se escribe en el agua

En la estela que dejaron Juan L. Ortiz, Saer y Haroldo Conti, nuevos autores se deciden a narrar desde las orillas; el desafío de contar historias con la tentación de la deriva

“Mirar el río, anotar, contar, volver a tomar apuntes, narrar esa sensación extraordinaria de navegar sobre el inmenso caudal de agua del Paraná”, escribe Cristina Iglesia en el prólogo de El país del río. Aguafuertes y crónicas (Eduner), que reúne crónicas de Roberto Arlt para el diario El Mundo y de Rodolfo Walsh para las revistas Panorama y Adán. Iglesia prepara al lector para el encuentro con dos modos de relatar las experiencias de ambos por el nordeste argentino. En una de sus “aguafuertes fluviales”, Arlt reflexiona: “Y mientras escribo y miro el terraplén con declive de guijarros en la sombra, me pregunto en dónde radicará el motivo original de que los ríos de las novelas, de la literatura; los ríos de los cuentos y de los relatos escritos son tan distintos a los ríos reales…” Las crónicas corales de Walsh, escritas entre 1966 y 1967, prefiguran sus trabajos híbridos y conservan todavía un resto onírico: “Sé que soñé y que un nuevo paisaje, laberíntico, arrasador, angélico en la ternura de sus flores y el cristal de sus aguas […] había entrado para siempre en la materia de mi sueño”. Los dos “pasajeros intuitivos del río”, como los denomina Iglesia, volverán de sus viajes transformados, y con ellos, sus métodos para escribir.

Otro gran escritor, Juan José Saer, en El río sin orillas se había servido de las aguas dulces del Litoral que desembocan en el Río de la Plata para establecer una genealogía que se remontaba a Ulrico Schmidl y llegaba hasta un poema de Juan L. Ortiz dedicado al río Gualeguay, pasando por textos de Baldomero Fernández Moreno y Jorge Luis Borges. En novelas como El limonero realGlosa o El entenado, la superficie cambiante de los ríos refleja en los personajes sus propias tramas vitales.

Francisco Bitar es autor de Acá había un río (Nudista), relatos que transcurren en la ciudad y los alrededores de Santa Fe. “La historia condiciona lo que tengo a la vista, cualquier cosa que digamos respecto de la escena estará allí para decirnos algo acerca de los personajes o la acción -dice Bitar-. De donde vengo, el paisaje tiene una tradición más ornamental, la zona en que los escritores demuestran su idoneidad, algo que no me interesa demasiado. Prefiero, en el relato, hablar de escena y dejarles el paisaje a los poetas.”

En 2016, tres escritoras argentinas coincidieron en devolver protagonismo a un escenario que había sido ennoblecido por Haroldo Conti en Sudeste (Emecé). El delta del Paraná adquirió en sus ficciones una morfología mitológica. En El río (Corregidor), de Débora Mundani, se narraba en dos tiempos una historia de amor trunca por la explotación del hombre por el hombre en las plantaciones misioneras. Era también una historia de amor filial, en el que un hijo desafiaba la corriente del Paraná y encontraba la solución a un enigma. Claudia Aboaf publicó El Rey del Agua (Alfaguara), una fantasía ambientada en un municipio de Tigre convertido en un reino por poseer un bien demandado por varias naciones del mundo: agua potable. Dos hermanas surcaban las aguas de la novela en una disputa íntima y a la vez política. “Sarmiento y Marcos Sastre, esos dos cronistas fantásticos, me dieron permiso para alucinar un delta de Tigre y escribir mi propia novela de este territorio anfibio en el que vivo”, dice Aboaf. Fedra Spinelli, en Delta (La Mariposa y la Iguana), superpuso el viaje de una mujer vencida a otro interior, en el que podría dar un vuelco a su vida. “Leer es viajar a la deriva. Estar a merced del río. Es convertirse en objeto de arrastre”, se lee en este etéreo primer libro de la autora.

Juan Bautista Duzeide, autor de Kanaka (Alfaguara), vive en el delta de Tigre. Su literatura está impregnada por las vivencias en la cercanía del agua. “Más allá de la presencia de muchos ríos en la literatura y la poesía argentina, el río por antonomasia es el Plata. Si se dispone sobre un mapa del río etiquetas con autores y textos de obras de la literatura argentina, pronto se cubre el mapa entero. Y no son autores marginales del sistema literario. Allí hay algunos temas que se repiten, de Sarmiento a hoy. De tal modo que podría escribirse una historia de la Argentina, de sus ideas, de sus estéticas, de buena parte de sus discusiones políticas, a partir de esos textos vinculados con el río.”

Narradores de ciudades a orillas del río, como Santa Fe, Rosario y Buenos Aires, han escrito relatos en los que el río funda un territorio inestable, inquietante o conciliador. En su libro Señora Planta (Blatt & Ríos), Cecilia Ferreiroa suma un cuento a la vasta literatura del río: “La vuelta mala”. Allí narra el regreso de una mujer a la isla donde había sido feiz de niña y de la que fue expulsada injustamente. En Cotidiano (Baltasara), de Mariana Travacio, el cuento “Rapsodia silenciosa” relata las desventuras de un hombre que viaja en lancha y queda varado en la confluencia del Paraná Guazú y el Río Paraná. Y en la novela Wachi book (Baltasara), de Algún Molina (seudónimo de Cristian Molina), el río y el puente Rosario-Victoria facilitan la transformación de la protagonista, una paloma, en superhéroe.

En esa extraordinaria novela que es La ribera, Enrique Wernicke escribió que el río invitaba a todas las ansias. “Tenemos el río allí no más, a cincuenta metros. Y sobre el río el cielo amplio, dueño del tiempo. Y decimos algunas cosas simples como quien tira piedras al espacio inmenso.” Ese espacio inmenso, que es también el de la literatura argentina, rinde tributo al río y a la vez contiene un emblema de su propio devenir.

Fuente: Daniel Gigena para LA NACION

 

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